domingo, 29 de junio de 2025

El perro y el conejo

 Un día, un perro iba caminando cuando, de repente, cayó en un hoyo muy profundo. Mientras intentaba salir, apareció un conejo curioso que le preguntó:

—¿Qué buscas aquí, perro?

El perro, algo avergonzado, respondió:

—Vine por ti.

—¿Por mí? ¿Y por qué yo? —preguntó el conejo, confundido.

—Porque si no te llevo conmigo, mi amo me castigará. Él quiere un conejo, y si no lo consigo, me hará daño… a mí, no a ti.

—Oh, ya veo… —dijo el conejo, pensativo—. Mira, vamos a hacer una cosa: hagamos una carrera. Si tú me ganas, puedes llevarme con tu amo. Pero si yo gano, me dejas libre y prometes no volver a molestarme nunca más.

El perro aceptó con confianza:

—¡Claro que sí! Pero no creo que me ganes. Yo tengo patas largas y tú solo unas patitas cortas. Te será imposible vencerme.

—Bueno, eso ya lo veremos —respondió el conejo con una sonrisa astuta.

Comenzaron la carrera. Al principio, el perro iba ganando sin problema, pero al poco rato, el conejo lo rebasó con velocidad y habilidad. Finalmente, el conejo ganó la carrera.

Para que el perro no se fuera con las patas vacías, el conejo le propuso una idea:

—Oye, perro… ¿y si en vez de llevarme a mí, le llevas una gallina a tu amo?

—No creo que funcione —respondió el perro—. A mi amo le gustan los conejos, no otra cosa.

—Bueno, pero podrías intentarlo. ¡El que no arriesga, no gana!

El perro pensó que no perdía nada con probar, así que se arriesgó. Juntos se escabulleron hasta un gallinero y, con rapidez, el perro atrapó una gallina y se la llevó a su amo.

Mientras tanto, el conejo volvió feliz a su madriguera.

Cuando el perro llegó a casa, su amo se enojó mucho al ver que no traía un conejo. Estaba a punto de regañarlo, pero pensó:

—Primero probaré esta gallina, a ver qué tal sabe…

Cuando la cocinó y la probó, descubrió que el sabor de la gallina era aún mejor que el del conejo. Desde ese día, su comida favorita fueron las gallinas y nunca volvió a pedir un conejo.

Unos días después, el perro se encontró nuevamente con el conejo y le dijo:

—¡Muchas gracias, conejo! Me salvaste esta vez, y te lo agradezco mucho.

El conejo le respondió con una sonrisa:

—De nada. Solo prométeme que ya no cazarás más conejos.

—Lo prometo —dijo el perro.

Y así, los dos siguieron su camino tranquilamente y nunca más volvieron a encontrarse.

Colorín colorado, este cuento se ha acabado. 🐶🐰🐔

Autor: Salvador Cervantes López

EI Conejo orejas largas 🐰 Y Mari la vaca 🐄

Érase una vez un conejo llamado Orejas Largas. Un día, andaba brincando felizmente por el campo cuando, de pronto, escuchó un ruido detrás de los árboles. Curioso, caminó muy lentamente hacia los arbustos, procurando no hacer ruido. Al asomarse, vio a una vaca que estaba sola y parecía muy triste.

Orejas Largas se acercó con cuidado y le preguntó:

—Hola, ¿cómo estás? Veo que estás sola y te noto muy triste. ¿Cómo te llamas?

La vaca respondió con un suspiro:

—Hola, me llamo Mari. Estoy triste porque estoy perdida. Mi dueño, Memo, me perdió y no puedo encontrar a mi manada. ¿Tú podrías ayudarme a regresar a casa? Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Me llamo Orejas Largas —contestó el conejo—. Claro que te ayudaré. No soy tan grande como tú, pero veré cómo hacerlo. No llores, mejor trata de recordar por dónde pasaste.

Mari pensó un momento y dijo:

—Recuerdo que pasamos por detrás de una cueva muy grande y profunda.

—¿Pasaste por las minas, donde los humanos excavan con máquinas? —preguntó el conejo.

—¡Exacto! También cruzamos por una cascada muy alta, de más de diez metros —afirmó Mari.

—Está bien —dijo Orejas Largas—. Sígueme, vamos rumbo a tu hogar.

Mientras caminaban, iban platicando. A mitad del camino, se encontraron con la coneja Chata, una amiga de Orejas Largas. Ella les advirtió:

—¡Hola, Orejas Largas! ¿A dónde vas? Ten cuidado, han empezado a talar los árboles del campo y están cerrando el camino hacia la colina.

—Voy a ayudar a mi amiga Mari a regresar a su casa, está perdida —respondió Orejas Largas.

—¿Puedo ir con ustedes? ¡Anda, di que sí, por favor! —pidió Chata.

—Está bien, vamos juntos —aceptó el conejo.

Siguieron caminando y tomaron otro camino para llegar al establo. Durante el trayecto, cruzaron grandes pastizales. Mari, feliz, iba comiendo pasto sin darse cuenta de que, entre la hierba alta, se escondía una culebra. De pronto, la serpiente la picó y Mari comenzó a sentirse muy mal.

El conejo y la coneja se asustaron mucho y salieron en busca de ayuda, pues el sol comenzaba a ocultarse. A lo lejos, vieron a Dormilón, un borreguito sin hogar que vivía en el campo. Le contaron lo sucedido y Dormilón corrió a recoger unas flores moradas de un matorral cercano, justo donde la culebra había picado a Mari.

Pasaron la noche cuidándola. Al amanecer, cuando el sol empezaba a salir, Mari ya se sentía mejor. Retomaron el camino con esperanza, hasta que, de pronto, escucharon un ruido detrás de unos arbustos. Se veía una silueta... ¡era Memo, su dueño! Había salido a buscarla.

Mari y el conejo Orejas Largas brincaron de alegría. ¡Iba a volver a su hogar con su dueño y su manada! Con un fuerte "¡Muuuuuuu!", Mari le dio las gracias al conejo, a la coneja Chata y al borreguito Dormilón, quien la había curado con las flores del campo.

Mari se marchó feliz, y Orejas Largas y Chata regresaron contentos a sus madrigueras.

Colorín colorado, este cuento se ha acabado. 🐄

Autora: Emily Yamileth Aguilar